sábado, 1 de mayo de 2010

Geografía y desarrollo

Por Sergio Chaparro Hernández*

La teoría económica se desarrolló durante mucho tiempo desconociendo la influencia de los factores geográficos. Los flujos de capitales a nivel internacional, conforme a lo que decían los economistas, respondían a cambios en las tasas de interés y no a la dotación de recursos naturales; el comportamiento de los agentes o de los precios no se veía alterado por las barreras de la geografía física; el mercado se concebía como un espacio abstracto donde la materialidad del mundo no ejercía ninguna influencia sobre el sentido de la causalidad entre las variables económicas: ni las diferencias en los recursos de los que los países disponen, ni los ríos, ni las montañas, ni los más impresionantes accidentes geográficos podían ponerle límites a las fuerzas que equilibraban los mercados, a la convergencia en las tasas de crecimiento o a la férrea ley de la oferta y la demanda.

Este autismo de la economía (y por supuesto también de la geografía) empezó a ser superado por el creciente interés que autores como Marshall, Myrdal, Von Thunen o Vickrey le otorgaron a los aspectos espaciales como factores relevantes para explicar la dinámica económica. Los aportes realizados por estos personajes fueron antecedentes importantes para el surgimiento de la Nueva Geografía Económica (NGE), la cual ha tenido en Paul Krugman a su más destacado representante. La pregunta fundamental que la NGE se ha formulado es la de por qué la riqueza y la población se concentran en algunas regiones.

La respuesta dada por Krugman es que las regiones con alta concentración productiva generan un patrón de causación acumulativa que refuerza su predominio. Así, una región en la que convergen factores geográficos fortuitos con un desarrollo industrial que permita aprovechar las ventajas de la aglomeración (externalidades positivas), genera una ventaja de localización que lleva a que allí se concentre un mayor número de actividades. El resultado de este proceso es una distribución espacial de la actividad económica desigual donde existe una tendencia a que un número cada vez menor de regiones exitosas, suficientemente distantes entre sí, absorban a otras regiones que quedan rezagadas.

Sin embargo esta respuesta no resulta del todo convincente, pues lo que se limita a explicar es cómo se da el proceso una vez ya se han establecido unos centros de alta concentración productiva, mas no a qué factores responde el surgimiento mismo de estos centros. Además nos conduce a una especie de determinismo donde pareciera que a los países o a las regiones perdedoras en este proceso no nos quedara otra opción que resignarnos.

Pero la historia ofrece evidencias suficientes de que regiones donde no había grandes perspectivas de desarrollo se convirtieron después en titanes económicos, como lo es el caso de Singapur. La existencia de estos “milagros” económicos genera una perspectiva de investigación mucho más interesante para los economistas de los países en desarrollo y es la de analizar los determinantes asociados al éxito de estas regiones.

Este tipo de análisis quizás nos revele que la idea de "milagro" es equivocada. Sin los esfuerzos descomunales del Estado y de la sociedad civil en campos como la planeación, la educación, o el desarrollo tecnológico, el “milagro” jamás hubiera sido posible. No obstante, tampoco sería acertado decir que cualquier región atrasada puede salir de la hoya en la que se encuentra con solo proponérselo, pues indudablemente que se requiere la concurrencia de factores que no dependen de la voluntad humana, ni de las buenas intenciones.

El problema es que en un país como Colombia no podemos echarle la culpa de nuestro atraso a que los factores de este último tipo no estén dados. La abundancia de recursos naturales nos hace poseedores privilegiados de unos territorios estratégicos, de manera que lo que nos hace falta es el elemento humano que permita el despegue, o, si se quiere, el “milagro”.

Todo empieza por una anticipación al futuro que motive un cambio en la forma en que valoramos los recursos de los que disponemos. A lo largo de nuestra historia hemos tenido que esperar a que otros vengan a decirnos siempre lo mucho que valen las cosas que abundan a nuestro alrededor y que en su momento no supimos apreciar: el oro con la conquista de los españoles, a Panamá cuando nos lo quitaron los gringos, y recientemente la biodiversidad y los conocimientos de las comunidades indígenas que están generando impresionantes descubrimientos médicos que otros están patentando. Por fiarnos de lo que dice el sistema de precios a nivel internacional nos hemos descuidado de desarrollar las condiciones para que podamos explotar con autonomía los recursos que serán valiosos en un futuro. Así, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo XIX nos enfrascamos en lo que Ocampo denominó como el modelo de producción especulación, siguiendo miopemente las señales del momento de los mercados internacionales. En los últimos años nos concentramos en la explotación de petróleo (no sin antes haberle dado una buena concesión a las compañías norteamericanas para su extracción en la década de los 20) y en la minería mientras los inversionistas extranjeros sacaban a sangre y fuego, en un concubinato repugnante con los paramilitares, a los campesinos, los afros y los indígenas de los territorios más aptos en todo el mundo para la producción de alimentos y materia prima para los biocombustibles. Estamos formando masivamente técnicos para que trabajen como obreros en las empresas de los extranjeros que vendrán con tecnología de punta e investigadores internacionales capaces, ellos sí, de sacarle el mayor provecho a las minas del Chocó, las tierras del Vichada, la biodiversidad y las fuentes hídricas del Amazonas, el potencial agrícola de la zona del Darién (arrasando de paso toda la selva para montar grandes empresas bananeras), etc.

¿Y qué nos dejarán luego? Nada de reinversión de los excedentes ni de modernización tecnológica, si acaso dejarán lo de siempre: el hueco de donde saquearon todos los minerales, deforestación y deterioro ambiental, unas comunidades indígenas diezmadas y otras extinguidas, madres solteras con sus hijos producto de violaciones, una mano de obra desgastada y maltratada, un montón de funcionarios e ingenieros que no habrán aprendido nada, un pasado de resentimientos que perpetuará el conflicto y una estela infinita de sangre y sufrimiento.

¿Por qué si empresarios y actores ilegales son capaces de anticiparse al futuro para despojar a la población de los territorios estratégicos, conforme a un plan que los del DNP tardarían décadas en elaborar, el Estado no puede hacerlo para consolidar un desarrollo respetuoso de los derechos y el bienestar de los ciudadanos? Se requiere por tanto una apuesta por la conservación de los recursos; por la formación y la cultura empresarial para que sean nuestros propios ingenieros, geólogos, empresarios, etc, los que puedan sacarle provecho a lo que tenemos; por un mayor protagonismo de quienes saben de estos temas en la elaboración de la política pública; por lo interdisciplinario; porque el proceso de desarrollo tenga insumos y de esa manera intereses nacionales. ¿Alguna duda de si en las elecciones que se avecinan debemos elegir entre continuismo o un verdadero cambio?

*Investigador del CEID y Economista de la Universidad Nacional

1 comentario:

  1. Creo que tiene mucha razón en lo que escribe, e indudablemente sus propuestas están llenas de valor y sería bastante bueno que fueran escuchadas a la hora de crear políticas que involucren el desarrollo nacional. Por otra parte, no comparto con usted la idea de que la teoría económica se haya desarrollado durante mucho tiempo desconociendo la influencia de los factores geográficos, de haber sido así, no se habrían presentado las invasiones por parte de los españoles, ni mucho menos los saqueos de oro y metales preciosos del territorio americano.

    Adicionalmente, pienso que para nadie es un secreto que la financiación estatal para la investigación es uno de los puntos claves al momento de alcanzar resultados verídicos en el progreso de una nación, sin embargo, la actual situación colombiana parece alejarse de este sencillo pero importante principio:

    …”mientras países de la región, como Brasil y Venezuela, destinan más del 1% de su PIB solamente para el desarrollo de investigación, en nuestro país tenemos que resolver primero problemas como la pobreza, el suministro de energía y agua potable, la estabilidad política y la gobernabilidad y la educación, entre otros, que obligan a los gobiernos a asignar recursos para la solución de urgencias y no para el desarrollo tecnológico y la investigación”

    En la actualidad, se estima que solo el 0.05% del PIB colombiano es destinado para tal fin, porcentaje bastante pequeño en relación con los distintos campos y profundidad en que se deberían abordar los diversos temas de estudio en pro del desarrollo de la nación.
    Bajo esta mirada, tanto el gobierno actual o el nuevo, ya sea denominado como un “verdadero cambio” o no, se enfrentan al mismo panorama, de ahí el reto para afrontar de la mejor manera la actual situación y crisis colombiana presente en diferentes ámbitos sociales. Dios quiera que los futuros gobernantes puedan asumir posiciones concretas que conlleven a verdaderos cambios a favor de la población civil.

    ResponderEliminar