domingo, 30 de mayo de 2010

Elecciones presidenciales II. Y mi voto es por...

Por Sergio Chaparro Hernández*

Los seres humanos tenemos la tendencia a ver nuestro corto período de vida como el más importante de todos los tiempos, a juzgar la época que nos tocó vivir como la que determinará un viraje sin antecedentes en la historia de la humanidad. En los momentos en que la sociedad toca fondo estos sentimientos se agudizan y cualquier luz al final del túnel tiende a percibirse como la vía segura al paraíso que siempre hemos anhelado. Las elecciones que se avecinan son una muestra de nuestros recurrentes vaivenes sentimentales y de cómo una visión realista de las cosas puede ser distorsionada por el elemento novedoso de la campaña electoral del momento.

Las transformaciones sociales son de largo aliento. Los problemas de nuestro país son tan complejos como para pensar que su solución depende de que uno u otro bando estén en el poder. El Estado, si bien es un actor importante en la definición del rumbo que tome una sociedad, se ve seriamente limitado por los condicionamientos del contexto internacional, o por elementos profundos de esta dolorosa realidad que imponen una resistencia muy fuerte a quienes llegan al poder con la intención de convertirse en nuestros salvadores. Por lo tanto no creo en la importancia del voto como aquello que nos va a sacar definitivamente del atolladero en el que estamos, ni que en el depositar este papelito en las urnas esté en juego todo nuestro futuro. En realidad el voto es un mecanismo muy limitado de participación ciudadana, es apenas una pequeña manifestación de todo lo que podría ser la acción política de ciudadanos verdaderamente comprometidos con la transformación de la sociedad.

Sin embargo tampoco soy un escéptico frente al papel de las elecciones. No creo que la política, entendida bajo el significado estrecho de lucha partidista, sea tan impotente como para pensar que nada está en juego en estas elecciones, ni tampoco en que el abanico de candidatos sea tan homogéneo como para decir que todos son lo mismo con diferentes ropajes. Creo que hay diferencias lo suficientemente importantes como para que la elección de uno u otro implique una decisión sobre si nos situamos en la vía para resolver algunos de nuestros problemas más graves o si terminamos empeorándolos.

La continuidad no es conveniente porque significaría profundizar grandes contrarreformas que ha impulsado este largo gobierno. La contrarreforma en la construcción del Estado que ha facilitado la cooptación de las instituciones por parte de facciones del crimen, la posibilidad de poner al servicio de la mafia y de intereses ajenos a los nacionales los más altos niveles de la jerarquía estatal, la desconfianza por la enorme corrupción, la pérdida de independencia de los poderes locales, de la burocracia y de la autonomía de las ramas del poder público, la entrega de soberanía que hará cada vez más difícil que desde lo político se puedan impulsar los cambios requeridos. La contrarreforma en la distribución de los recursos, particularmente de la tierra: lo que se ha intentado validar en este gobierno es el despojo a sangre y fuego de territorios estratégicos, mostrando que el Estado no está interesado en ponerle límites a las vías con las que los actores sociales pretenden lograr sus objetivos. La seguridad democrática, al fin y al cabo, no ha resultado ser tan democrática: para el inversionista sí, para el campesino que ha sido desplazado lo que hay es una complicidad desde el Estado para violentarlo. La contrarreforma en el desarrollo, pues a pesar de las altas tasas de crecimiento que se presentaron, el tema es cómo queda Colombia para lograr hacer compatible la realización humana de sus ciudadanos con la prosperidad económica con un modelo de desarrollo donde el éxito depende de que el inversionista encuentre facilidades para contratar a bajo precio, a mano de obra poco calificada, sin aportar con impuestos a las necesidades del país y donde los sectores que tienen perspectivas son todos aquellos donde el ser humano no puede realizarse a través del trabajo (por ejemplo los que requieren gente que ejecute procesos repetitivos y no utilicen el conocimiento como un insumo importante). Finalmente la contrarreforma en la reconciliación, pues los odios y la polarización se han radicalizado, las deudas históricas con las poblaciones vulnerables no se han saldado y en cambio la percepción de injusticia y la idea de que la ilegalidad es un camino exitoso sí se han reforzado. Un cambio de agenda por lo tanto es necesario; es la posibilidad de modificar una manera inmoral de hacer política, unas ideas desgastadas e ineficaces y unos funcionarios enmohecidos, descompuestos.

La opción verde que es la que genera grandes esperanzas tampoco parece ser muy convincente. Hacer el diagnóstico de que el problema es cultural no asegura que vaya a resolverse, la cultura depende de estructuras sociales y económicas que la condicionan, un Estado tiene límites para modificar la cultura por cuanto su acción sobre el comportamiento y las maneras de pensar de los ciudadanos sólo puede ser indirecta. Que la virtud sea la regla y el vicio lo menos probable depende de las características del ambiente en el que surgen; atacar el síntoma sin ir a la causa es lo propio tanto de un mal médico como de un mal político. La defensa de la ética desde el Estado es una condición importante pero no es suficiente para combatir los grandes problemas. La ilegalidad no explica la pobreza, antes bien, la pobreza parece ser la que alimenta la ilegalidad. Si el interés público no se interpreta en clave de equidad entonces la violencia y la pobreza no podrán extinguirse. Hacerles caso a los técnicos cuando los técnicos a los que siempre se les ha hecho caso tienen una clara orientación política, no es garantía de nada. Si lo que está mal no es el técnico sino la técnica misma entonces un político demasiado obediente puede arrastrarnos al abismo a pesar de que lo haga con buenas intenciones.

Mi voto por tanto es por Gustavo Petro. El que ha tenido la responsabilidad de pensar a fondo el país, como también la han tenido Pardo y Vargas Lleras. Sin embargo, el primero, no cuestiona la validez de una política social que ha mostrado su ineficacia, de un modelo económico cuyas promesas no se han cumplido, de un esquema de seguridad social que ha colapsado. El segundo cree ciegamente en la solución militar, su carácter es hostil, su estrategia se basa en un miedo que históricamente se ha atizado para que los ciudadanos creamos que hay una sola vía, un solo pensamiento; además, tiene una excesiva fe en las reformas normativas; en síntesis, es un leguleyo bienintencionado, un oligarca que empieza a sentirse perplejo de los alcances del poder y que sin embargo no ha despertado aún del sueño dogmático de la derecha decente (si es que este adjetivo le puede caber a la derecha). Petro ha mostrado con hechos su altura moral y su compromiso valiente para desmontar las estructuras políticas, sociales y económicas que permiten la captura del Estado y con ello la corrupción y la complicidad del poder con la iniquidad social. También tiene el carácter para liderar un proyecto de reconciliación nacional, pues carece de las tentaciones sectarias de la izquierda que ve en las opiniones diferentes una fuente de odio y no de aprendizaje colectivo. Finalmente su pensamiento es lo suficientemente jovial como para reconocer que las libertades, el diálogo, el pluralismo respetuoso y el bienestar colectivo son el camino más seguro para el progreso: el otro camino.

* Investigador del CEID y Economista de la Universidad Nacional

1 comentario:

  1. Realmente usted reconoce el problema, pero no considero que sea valido afirmar que el cambio cultural no se pueda realizar, puesto que como usted lo dijo anteriormente con el desarrollo del gobierno saliente se enquisto en la sociedad la "ilegalidad como un camino exitoso" para alcanzar los objetivos. Caso que tambien se puede constatar (pero ya en un sentido positivo) en la primera alcaldia de Mockus, donde las personas acogieron las ideas a travez del ejemplo y el reproche social.

    Así mismo la corrupción no es cosecuencia de la pobreza, pero la pobreza sí es consecuencia de la corrupción, y es hay donde se debe centrar el desarrollo del plan de gobierno, puesto que nada se puede hacer si el Estado obtiene más recursos y al momento de administrarlos el 50% se queda en el camino.

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