Por Sergio Chaparro Hernández*
Conforme al análisis marxista, las relaciones de producción vigentes en el capitalismo, a la vez que garantizan un desarrollo de las fuerzas productivas más acelerado que en cualquier modo de producción anterior, también permiten la explotación de unos hombres por otros, la cosificación de las relaciones sociales, la degradación de la humanidad del trabajador a causa de la división del trabajo que lo termina reduciendo a ser un apéndice de la máquina, la insatisfacción con su modo de vida debido a la enajenación de su propia actividad y un extrañamiento general con la tiranía a la que somete a los hombres la lógica de un desarrollo espontáneo que no pueden controlar .
Sin embargo, Marx creyó en la posibilidad de que la especie humana se sobrepusiera a esta situación alienante y tomara las riendas de su historia a través de una abolición de las relaciones de producción propias del capitalismo, las cuales se convertirían tarde o temprano en un obstáculo para que las fuerzas productivas continuaran desarrollándose y para transitar hacia una sociedad en la cual la libertad y el desarrollo de la individualidad de unos no significara el sometimiento de otros. Esta abolición se daría a través de la toma del poder político por parte del proletariado, al cual le estaba asignado el destino de introducir a la humanidad en la Historia, es decir, en una condición donde no fueran fuerzas extrañas las que determinaran el modo de ser de la sociedad, sino la humanidad misma la que pudiera decidir libremente sobre su manera de habitar en el mundo. La idea de Adam Fergusson de que las naciones tropiezan con instituciones que ciertamente son resultado de la acción humana, pero no la ejecución del designio humano tendría validez en el planteamiento marxista sólo en la existencia pre-histórica del hombre, aquella que comprende toda su vida anterior a la llegada del comunismo.
El materialismo histórico concebía como el factor configurador de la historia humana la lucha de clases. Una amplia rama del pensamiento contemporáneo parece compartir con el marxismo la idea de que las instituciones son el resultado de un campo conflictivo en el cual la correlación de fuerzas determina el papel de las diferentes voluntades en pugna en la configuración del orden social. Conceptos como los de dominación, mecanismos de control, sociedad de la vigilancia, etc, permiten entrever una concepción conforme a la cual las fuerzas hegemónicas parecen tener una amplia capacidad discrecional para diseñar las instituciones sociales de acuerdo a sus intereses. Las desgracias de los hombres (dentro de las cuales se incluyen todas las que descubren los sociólogos contemporáneos al describir la situación del hombre en el post-fordismo y que engrosan la lista de los elementos subjetivos del fenómeno de la alienación) y la imposibilidad de una sociedad donde algunos de ellos no estén sometidos, parece seguir dependiendo de que una voluntad diferente adquiera el poder para diseñar un nuevo orden donde la dominación no sea posible.
Friederich Von Hayek reaccionó fuertemente contra las concepciones que hasta su época habían defendido la conveniencia de que la humanidad (o cualquier hombre o grupo de hombres) diseñara de manera racional un orden social alternativo al que había surgido como fruto del desarrollo espontáneo. Si bien la idea de un diseño tal no deja de ser persuasiva, se basa en una comprensión equivocada de los poderes de la razón humana, lo cual la hace particularmente peligrosa por los desastres a los que puede conducir, a pesar que algunos de quienes la han intentado poner en práctica lo han hecho con buenas intenciones. Esta concepción de la superioridad de una sociedad diseñada a través del uso de la razón humana desconoce que la sociedad es el fruto de un proceso evolutivo que selecciona a través de un muy lento proceso de ensayo y error las instituciones más aptas para la supervivencia de la especie humana en la tierra. Dentro de las concepciones que han sido presas de este falso racionalismo constructivista Hayek inscribe tanto al liberalismo y la ilustración franceses, como a cualquier forma de socialismo.
Hayek es un acérrimo defensor de la libertad individual, entendida esta como la ausencia de coacción arbitraria, porque cree que es la condición básica del progreso humano. Nuestro autor se inscribe dentro de una tradición que defiende la superioridad del orden que se deriva de la libre interacción de los individuos antes que la de uno que sea impuesto por cualquier tipo de autoridad . Que las sociedades no transiten hacia el camino de la decadencia depende de la firmeza que tengan para preservar el ideal de la libertad. Sin embargo la libertad individual está amenazada en las sociedades contemporáneas porque se ignora el papel benéfico que tiene para el desarrollo de la sociedad y por el contrario se le ve como el impedimento para transitar hacia mejores estados sociales o para el logro de la justicia social. Esto ocurre porque una sociedad libre a la vez que le confiere al individuo la posibilidad de beneficiarse como ninguna otra de la vida en comunidad, también le asigna responsabilidades que no resulta fácil asumir. Todo esto, sumado a la inevitable desigualdad que se deriva de mantener la libertad, puede hacer que la envidia de los miembros que no ocupan las mejores posiciones dentro de la sociedad termine por aniquilar las condiciones de la prosperidad.
Si bien Hayek lleva la defensa de la libertad demasiado lejos, creo que es un referente importante a la hora de evaluar las intenciones de quienes afirman que debe haber una revolución radical, o una toma del poder político por parte de personas que sí piensen en el bien del pueblo para que las cosas realmente cambien. Los intentos de transformación de la sociedad, para ser inteligentes y efectivos, deben partir de un conocimiento claro de su funcionamiento, y ello implica asumir una mirada que permita comprender qué elementos de las instituciones vigentes cumplen una función imprescindible y no son simples imposiciones de los "malvados" que siempre han detentado el poder. Las fervorosas esperanzas que los discursos de transformación suscitan hoy en día en nuestras sociedades, necesitan mucho de la sobriedad, la reflexión desapasionada -y hasta cierto punto del sano escepticismo- propios de la comprensión.
* Investigador del CEID y Economista de la Universidad Nacional.
Solo para añadir.... "El país que siga buscando un salvador no merece salvarse: sólo lo logrará el que se comprometa con el ejercicio lúcido de crear, de actuar y de cambiar las cosas día por día, arriesgando, discutiendo, pensando" William Ospina.
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