Por: Eder Carrascal*
Las noticias acerca de los milagros no son abundantes en la economía. En general, el gradualismo y la lenta convergencia de los procesos económicos se perciben como las dinámicas más apropiadas para explicar muchos de los fenómenos en nuestro campo de estudio. Equilibrio y mesura, al mejor estilo walrasiano.
De vez en cuando, países de los que habíamos tenido poco conocimiento, de repente centran el debate acerca de las vías del desarrollo, y nos brindan una seria reflexión acerca de las políticas que se han implementado, en países como los nuestros, donde el desarrollo económico es visto como un ideal y no como una realidad concreta.
Basta con mencionar a Corea del Sur. En este país, luego del conflicto con los Estados Unidos, que culminó en 1954, la cruda división de su territorio, y la imposición de regimentes militares duros e inflexibles, ocurrieron cambios significativos en su estructura económica, una transformación sin precedentes en la economía moderna, lo que fácilmente llevo a tildar este cambio en un 'milagro'. Varios economistas (Krugman, por ejemplo) observan que existía en Corea del Sur una burocracia favorecedora de ciertas ramas de la actividad industrial, de un nepotismo sorprendente, reacia ante la competitividad internacional, sobreprotectora y adusta. Los milagros no se realizan por sí solos, anota Krugman, y en la literatura referente al tema se suele olvidar que las políticas económicas están insertas dentro de una forma de hacer negocios, de hacer política, que es idiosincrática en algún modo, a la forma cultural de los países.
Luego de la reciente crisis económica (¿ esto no sería también sinónimo de una crisis de los modelos de desarrollo?), uno que otro país muestra un comportamiento que no se ajusta a los parámetros de recesión. Lo sorprendente está que uno de esos países se encuentre en el África sub-sahariana, una región que sufre de manera drástica los impactos de la recesión global, debido a su altísima dependencia a la demanda externa. Una región pobre en exceso. (1)
Botsuana, un país pequeño, sin salida al mar, con escasas tierras aptas para el cultivo y un díficil acceso a las fuentes de agua para la mayoría de la población, rompe el récord de crecimiento del PIB : durante más de 45 años ha tenido una tasa promedio del 10%, es decir, su economía se está duplicando cada siete años.
El Banco Mundial presenta el 'milagro botsuanés' como una combinación exitosa de recetas recomendadas por sus analistas: una política económica mesurada, en donde se equilibren los recursos fiscales, pero se permita al tiempo una consolidación de los servicios que el Estado, y solamente éste, debería asignar, como la educación básica. Otro elemento es que, a diferencia de muchos de sus países vecinos, Inglaterra no 'desmontó' la estructura paternalista colonial de manera tan apresurada como sí lo hizo, por ejemplo, en Uganda. Los conflictos étnicos no se dieron en Botsuana porque, luego de 1966, el país adoptó las mismas instituciones políticas manejadas por una élite que supo marginar tales disputas tribales.
Este marco institucional de análisis, aunque pueda ser válido, intenta hacer secundario el hecho de que éste país es el mayor exportador de diamantes del mundo. Quizá el gobierno botsuanés haya sido medianamente más responsable con los recursos en impuestos recibidos (excesivamente bajos, como sabemos), y el hecho de no verse en una inestabilidad política constante, como en la mayoría de países sub-saharianos, le permitió a Botsuana atraer a las grandes multinacionales de la minería y ofrecerles un ambiente económico mucho más atractivo que en otros países donde no existe una gobernabilidad, y la exportación conlleva riesgos altísimos ( diamantes de sangre). Pero eso no impide observar las evidentes asimetrías en el sistema económico internacional. Botsuana ha hecho las cosas bien, según el Banco Mundial ( o algún analista más o menos responsable con sus comentarios), y sin embargo, sigue pagando el alto precio del desarrollo.
El tener un equilibrio fiscal y un crecimiento sostenido ( recuérdese, de la exportación de diamantes: la economía depende casi que exclusivamente de tal actividad) no ha evitado que en éste país la desigualdad sea más alta que, en otros países con 'marcos institucionales más riesgosos', como plantea el discurso desarrollista del BM. Que por ejemplo, el IDH (Indice de Desarrollo Humano) sea más bajo que países en guerra civil o conflicto tribal en África. Sería de suponer que si se tiene un crecimiento espectacular, como ha tenido Botsuana, se mejoraran, al menos marginalmente, indicadores de bienestar y equidad. No ha sido así, y con cada crisis económica el país tiene mayores pérdidas en este sentido. Curiosamente, cuando no hay que comer, la gente compra más diamantes ( una paradoja en el mejor sentido de los bienes Giffen)
La conclusión, un poco apresurada, pero que se presta para debate, es que no podemos fiarnos de un optimismo abrupto en algunas cifras macroeconómicas, y de las que se hace inferencia sobre el tema del desarrollo. También, que nuevamente, y de manera drástica, se ve la dicotomía entre el crecimiento y el desarrollo; pero que tal dicotomía no debe ser aceptada, como algo normativo, como algo que es normal en la vía del desarrollo para los países.
El crecimiento debe ser conciliado y aunado a un desarrollo integral, que permita el acceso a los derechos básicos y al goce de las libertades, en un sentido más amplio. Y que quizá el gradualismo, que tanto buscamos los economistas, no sea aplicable sino en unos contextos muy limitados. Se presentan hechos que a veces se desvían de toda lógica (económica). La paradoja de los milagros en economía es reflejo de nuestra ingenua sorpresa sobre hechos que deberíamos entender de una mejor manera.
(1). Schuldt, Jurgen: ¿Podemos aprender algo de Botsuana, el milagro africano?
* Investigador asociado del CEID.
Las noticias acerca de los milagros no son abundantes en la economía. En general, el gradualismo y la lenta convergencia de los procesos económicos se perciben como las dinámicas más apropiadas para explicar muchos de los fenómenos en nuestro campo de estudio. Equilibrio y mesura, al mejor estilo walrasiano.
De vez en cuando, países de los que habíamos tenido poco conocimiento, de repente centran el debate acerca de las vías del desarrollo, y nos brindan una seria reflexión acerca de las políticas que se han implementado, en países como los nuestros, donde el desarrollo económico es visto como un ideal y no como una realidad concreta.
Basta con mencionar a Corea del Sur. En este país, luego del conflicto con los Estados Unidos, que culminó en 1954, la cruda división de su territorio, y la imposición de regimentes militares duros e inflexibles, ocurrieron cambios significativos en su estructura económica, una transformación sin precedentes en la economía moderna, lo que fácilmente llevo a tildar este cambio en un 'milagro'. Varios economistas (Krugman, por ejemplo) observan que existía en Corea del Sur una burocracia favorecedora de ciertas ramas de la actividad industrial, de un nepotismo sorprendente, reacia ante la competitividad internacional, sobreprotectora y adusta. Los milagros no se realizan por sí solos, anota Krugman, y en la literatura referente al tema se suele olvidar que las políticas económicas están insertas dentro de una forma de hacer negocios, de hacer política, que es idiosincrática en algún modo, a la forma cultural de los países.
Luego de la reciente crisis económica (¿ esto no sería también sinónimo de una crisis de los modelos de desarrollo?), uno que otro país muestra un comportamiento que no se ajusta a los parámetros de recesión. Lo sorprendente está que uno de esos países se encuentre en el África sub-sahariana, una región que sufre de manera drástica los impactos de la recesión global, debido a su altísima dependencia a la demanda externa. Una región pobre en exceso. (1)
Botsuana, un país pequeño, sin salida al mar, con escasas tierras aptas para el cultivo y un díficil acceso a las fuentes de agua para la mayoría de la población, rompe el récord de crecimiento del PIB : durante más de 45 años ha tenido una tasa promedio del 10%, es decir, su economía se está duplicando cada siete años.
El Banco Mundial presenta el 'milagro botsuanés' como una combinación exitosa de recetas recomendadas por sus analistas: una política económica mesurada, en donde se equilibren los recursos fiscales, pero se permita al tiempo una consolidación de los servicios que el Estado, y solamente éste, debería asignar, como la educación básica. Otro elemento es que, a diferencia de muchos de sus países vecinos, Inglaterra no 'desmontó' la estructura paternalista colonial de manera tan apresurada como sí lo hizo, por ejemplo, en Uganda. Los conflictos étnicos no se dieron en Botsuana porque, luego de 1966, el país adoptó las mismas instituciones políticas manejadas por una élite que supo marginar tales disputas tribales.
Este marco institucional de análisis, aunque pueda ser válido, intenta hacer secundario el hecho de que éste país es el mayor exportador de diamantes del mundo. Quizá el gobierno botsuanés haya sido medianamente más responsable con los recursos en impuestos recibidos (excesivamente bajos, como sabemos), y el hecho de no verse en una inestabilidad política constante, como en la mayoría de países sub-saharianos, le permitió a Botsuana atraer a las grandes multinacionales de la minería y ofrecerles un ambiente económico mucho más atractivo que en otros países donde no existe una gobernabilidad, y la exportación conlleva riesgos altísimos ( diamantes de sangre). Pero eso no impide observar las evidentes asimetrías en el sistema económico internacional. Botsuana ha hecho las cosas bien, según el Banco Mundial ( o algún analista más o menos responsable con sus comentarios), y sin embargo, sigue pagando el alto precio del desarrollo.
El tener un equilibrio fiscal y un crecimiento sostenido ( recuérdese, de la exportación de diamantes: la economía depende casi que exclusivamente de tal actividad) no ha evitado que en éste país la desigualdad sea más alta que, en otros países con 'marcos institucionales más riesgosos', como plantea el discurso desarrollista del BM. Que por ejemplo, el IDH (Indice de Desarrollo Humano) sea más bajo que países en guerra civil o conflicto tribal en África. Sería de suponer que si se tiene un crecimiento espectacular, como ha tenido Botsuana, se mejoraran, al menos marginalmente, indicadores de bienestar y equidad. No ha sido así, y con cada crisis económica el país tiene mayores pérdidas en este sentido. Curiosamente, cuando no hay que comer, la gente compra más diamantes ( una paradoja en el mejor sentido de los bienes Giffen)
La conclusión, un poco apresurada, pero que se presta para debate, es que no podemos fiarnos de un optimismo abrupto en algunas cifras macroeconómicas, y de las que se hace inferencia sobre el tema del desarrollo. También, que nuevamente, y de manera drástica, se ve la dicotomía entre el crecimiento y el desarrollo; pero que tal dicotomía no debe ser aceptada, como algo normativo, como algo que es normal en la vía del desarrollo para los países.
El crecimiento debe ser conciliado y aunado a un desarrollo integral, que permita el acceso a los derechos básicos y al goce de las libertades, en un sentido más amplio. Y que quizá el gradualismo, que tanto buscamos los economistas, no sea aplicable sino en unos contextos muy limitados. Se presentan hechos que a veces se desvían de toda lógica (económica). La paradoja de los milagros en economía es reflejo de nuestra ingenua sorpresa sobre hechos que deberíamos entender de una mejor manera.
(1). Schuldt, Jurgen: ¿Podemos aprender algo de Botsuana, el milagro africano?
* Investigador asociado del CEID.
Muy buena columna. Está bien escrita y se justifica suficientemente la idea principal. Lo felicito. Este tipo de columnas me hacen pensar que el CEID está para cosas grandes.
ResponderEliminarTengo un pequeño comentario. Uno podía incluso ir mas allá y plantear no solo que un crecimiento sin desarrollo es inadecuado sino que no es sostenible y es mucho mas lento que uno que si implique desarrollo. Como lo ha demostrado Polanyi un capitalismo puro está sujeto a contradicciones sociales que terminan por hacerlo inviable mientras no se resuelvan. Y por otro lado, lo màs atractivo de la teorìa de Sen, es precisamente que la garantía de libertades es tanto un fin como un medio para el desarrollo. Esto transforma la teorìa del desarrollo en un sentido importante y es que Sen se resiste a creer en las teorías que afirman que el desarrollo es un proceso doloroso que requiere muchos sacrificios. Por el contrario la formidable apuesta de Sen es que el desarrollo tiene que ser un proceso agradable. Este pensamiento jovial frente a la actitud abnegada y tràgica de las teorìas tradicionales del desarrollo, en realidad representa una revoluciòn del pensamiento económico