En la primera columna de esta serie intenté defender la idea de que los distintos actores de la sociedad civil no debemos esperar pasivamente a que el Estado sea el único gestor de las transformaciones sociales. Creo sin embargo que no solo se requiere quitarle al Estado el monopolio de la transformación de lo público, sino fortalecer una estrategia en particular para lograrlo. Para explicarme mejor será necesario hacer una pequeña reflexión sobre las diferentes estrategias que las organizaciones de la sociedad civil emplean para luchar por sus reivindicaciones.
Empiezo por decir que Colombia es una tierra fértil para el surgimiento de ONG´s. Además, las que ya existen a nivel internacional encuentran en nuestro país una realidad que las reclama a gritos. Así se propongan tratar problemas de otros países, nuestras tragedias terminan por desviar sus ojos hacia este accidentado territorio donde se mezcla el sufrimiento propio de una historia republicana llena de contradicciones con las pasiones más autóctonas que puede llegar a tener cualquier nación del trópico. De manera que las organizaciones que reclaman para sí la vocería del resto de la sociedad no son para nada escasas. ¿Qué explica entonces que la reducción de la pobreza sea tan lenta o que persistan las violaciones sistemáticas de derechos humanos por parte de actores tanto legales como ilegales?
La explicación no se agota en un solo factor. Sin embargo, creo que uno de los problemas fundamentales es la preeminencia de una manera de actuar, entre muchas posibles, de las organizaciones que representan a la sociedad civil. Esta forma de actuar se ha concentrado en la denuncia, en el litigo ante tribunales internacionales o ante la comunidad de naciones con el fin de buscar sanciones jurídicas o políticas contra el Estado. En esta especie de tribunal internacional al que se apela continuamente y donde el Estado está condenado a sentarse en la silla del acusado, se puede decir que la relación entre las ONG´s y sus representados es similar a la que se da entre un abogado y su cliente. El abogado defiende a su apoderado con base en un conocimiento que este último desconoce; su objetivo es lograr un dictamen de un tercero a partir de unos medios que el defendido nunca aprende a usar. Que en este litigio se gane o se pierda no marca una diferencia en lo que le ocurre internamente al cliente, el permanece igual, no se transforma, a lo mas que puede aspirar es a recibir un beneficio externo. De manera que cada vez que surja un nuevo incidente el cliente volverá a necesitar de su abogado para resolverlo, agravándose de esta manera la relación de dependencia entre uno y otro. Así, a la sociedad civil se la inhibe de desarrollar sus potencialidades para luchar por sus reivindicaciones y protegerse autónomamente de amenazas futuras externas, pues siempre requerirá de intermediarios que no se preocupan por garantizar las condiciones para que pueda superarse esta relación jerárquica entre ONG´s heroicas y sociedad civil débil.
Algo similar ocurre cuando se busca adoctrinar a los grupos vulnerables de la sociedad civil. Esta forma de “empoderamiento” parte de la creencia de que unas personas con capacidades superiores, o con una “conciencia de clase” propia de privilegiados o iluminados, va a enseñar (o mas bien adiestrar) a aquellos cuyas condiciones miserables los han convertido en unos incapaces de reconocer la verdadera dimensión de las cosas. Lo importante aquí es transmitir una información que lleve a la acción política requerida y no despertar en aquel a quien se busca transformar una capacidad que de entrada se le reconozca que ya tiene. Esta forma de “amor al prójimo” solo refleja el odio y la voluntad de ponerse por encima de los otros. En ese caso creo que nada lo haría más indigno a uno que el hecho de que lo quieran ayudar bajo esta forma de “amor” que sólo está encubriendo una profunda y mezquina vanidad.
La alternativa por lo tanto es la pedagogía de igual a igual, la transmisión de una voluntad de organizarse para resistir, el respeto a los procesos y las propias capacidades de los actores sociales para dar sus luchas, el diálogo franco si se quiere. Pero ¿cuántos de quienes nos reconocemos como personas comprometidas con la transformación de una sociedad donde la injusticia aún sigue siendo la regla estamos dispuestos a asumir como propia esta tarea? Empezando por las tentaciones que representan para nosotros -profesionales novatos o aún en proceso- jugosas remuneraciones en trabajos propios de personas de éxito, incluidos los de prestigiosas ONG´s, o atractivos proyectos de vida generosos en logros individuales pero pobres en contribuciones solidarias y emancipatorias a quienes más lo necesitan.
No pretendo imponer un único criterio de legitimidad para la elección de los fines que cada quien decida perseguir con su proyecto de vida. De manera que me dirijo a quienes dentro de su realización personal le dan un valor amplio a lo que sucede con los más vulnerables. Lo escrito aquí tampoco es una invitación a que las ONG´s abandonen sus luchas jurídicas y políticas a nivel internacional, pues reconozco la necesidad de que alguien cumpla este papel. Es mas bien un llamado a que quienes nos disponemos a emprender la tarea por defender a la sociedad civil, lo hagamos reconociendo que quizás lo que ésta reclama de nosotros en estos momentos es más personas que realicen el trabajo de base y no tantos tramitadores profesionales de sus demandas.
*Investigador del CEID y Economista de la Universidad Nacional
Muy buena columna y valiosa reflexión la que usted hace, sin embargo, para desfortunio de nuestra sociedad, un poco soñadora. ¿Cómo acabar con una guerra que a la par de dejar numerosas víctimas también trae jugosos financiamientos por organismos internacionales?
ResponderEliminarDesafortunadamente, la guerra se ha convertido en uno de los mejores negocios para ciertos bandos de la sociedad, y como ente rentable, escasamente se podría pensar en que haya motivaciones fuertes para acabarla.
Aunque creo en los buenos propósitos de ciertas personas, la ética de algunos profesionales, nuevos y antiguos, y la presencia de restos incipientes de moral de algunos funcionarios, estoy casi segura de que muchas de sus buenas intenciones terminan por derrumbarse, y tristemente se adaptan a lo que su medio ofrece, terminando por cambiar los buenos deseos y las buenas intenciones, con que empiezan su camino laboral, por perseguir intereses individuales que poco a poco borran el rastro de lo que en principio quisieron ser. Ojalá sus palabras resuenen al menos para usted en el futuro.
Gracias por participar. Realmente debo decir que es cierto lo que usted dice, y solo me queda ser vigilante con lo que suceda en mi vida, y si es preciso colgar esto en un lugar visible para que me acuerde de lo que algún día prometí y así me mortifique cuando lo vaya a incumplir para que no se quede solo en charlatanerías.
ResponderEliminarPero mas allá de eso creo que uno puede hacer este tipo de trabajos de base en todos los espacios, incluso paralelo a la vida laboral. El tolerantismo militante del que hablé en una columna pasada es una forma de hacerlo, el estar dispuesto a hablar con la gente con la que no hablamos de todas estas cosas porque creemos que no les interesa o que no nos van a entender también es un buen comienzo.
En cuanto al asunto de la guerra creo que la cuestión de acabarla es un compromiso político y como tal difícilmente se dará si quienes nos gobiernan son los mismos que se lucran de ella. Por eso es que no debemos elegirlos a sabiendas de lo que son.