Jhon Rawls, en su Teoría de la Justicia, intentó responder una pregunta crucial para las sociedades contemporáneas: ¿Cómo es posible garantizar una sociedad bien ordenada aún donde conviven personas con concepciones tan radicalmente distintas sobre el mundo? Y digo que es crucial por cuanto está en el centro de muchos de los conflictos étnicos, religiosos, políticos y culturales que se libran hoy por hoy en distintos lugares del planeta.
Esta pregunta le concierne a palestinos e israelíes, a vascos y españoles, a inmigrantes y nativos en los países desarrollados, a países como el nuestro donde existe una deuda histórica con las comunidades étnicas tradicionalmente excluidas y, por qué no, a venezolanos y colombianos ante la amenaza que puede significar el surgimiento de peligrosos brotes de intolerancia.
La estrategia de Rawls para responder la pregunta fue muy sutil, pero no por ello pasó desapercibida ante los ojos de sus críticos, principalmente los comunitaristas. Repasémoslo brevemente.
Tratando de poner en conceptos el espíritu de las instituciones de la sociedad occidental, Rawls apeló a la distinción público-privado para separar el espacio donde pueden tener juego las creencias y los intereses de cada quien, de aquel donde es necesario abstraerse de las motivaciones propias y pensar cooperativamente en pos de alcanzar la estabilidad social. Rawls no deriva un espacio del otro, como lo hizo por ejemplo Hobbes, pues los sujetos morales son tanto racionales (capaces de perseguir objetivos propios con medios eficaces para hacerlo), como razonables (dotados de sentido de la cooperación y capaces de reconocer el derecho a existir de otras concepciones de mundo y de considerar intereses comunitarios). El espacio público ha de ser el terreno donde, basándose en concepciones políticas de la justicia y no en dogmas religiosos o morales, se discutan los principios que conformarán la estructura básica de la sociedad. Por esta razón, es necesario que este espacio se construya desde una posición original en la cual, a través de ficciones como la del velo de ignorancia, se logren aislar aquellos elementos que puedan propiciar que los principios de justicia se diseñen para favorecer intereses personales, o para incorporar una visión moral particular dentro de la estructura básica de la sociedad. El consenso traslapado, derivado de este ejercicio hipotético, arrojaría como resultado dos principios de justicia destinados, en primer lugar, a garantizar un esquema de libertades en lo privado lo más amplio posible e igual para todos y, en segundo lugar, a establecer la manera en que se podrían admitir desigualdades en los bienes básicos sin cometer injusticias (meritocracia en los cargos, y principio de la diferencia o maximin rawlsiano).
Los comunitaristas reaccionaron apuntando a resaltar que los principios de justicia de este liberalismo rawlsiano, y la concepción política del sujeto que los sustentan, no eran neutrales, pues, ciertamente, establecían un compromiso fuerte con una idea moral de ciudadano propia de la cultura mayoritaria, excluyendo así formas de participación no democráticas, o incluso esquemas de justicia alternativos como los que caracterizan a las sociedades ancestrales. De ahí surgió la necesidad de incorporar en los ordenamientos jurídicos los derechos multiculturales, los cuales incluían la posibilidad de que algunas comunidades tuvieran autonomía política y administrativa o que se rigieran por jurisdicciones especiales. De esta manera se aceptó que algunas diferencias en el ámbito de lo privado pudieran implicar tratamientos diferenciales en lo público.
Esta solución no ha evitado que surjan acaloradas controversias cuando los valores fundamentales de las culturas mayoritarias entran en tensión con los que defienden las minorías. Un ejemplo de ello fue lo sucedido hace poco cuando una comunidad indígena decidió azotar a dos de sus miembros por las acciones cometidas cuando eran integrantes de las fuerzas armadas. La justicia colombiana no admite castigos que impliquen penas físicas, pero para las comunidades indígenas esto sí constituye una forma adecuada de penalización. El presidente Álvaro Uribe protestó enérgicamente contra la decisión de las autoridades indígenas, argumentando que los derechos especiales que tenían las comunidades no podían ser la excusa para que se dieran este tipo de vejámenes contra algunos ciudadanos, así fueran también indígenas. Por su parte, la Corte Constitucional ha resuelto a favor de las comunidades demandas sobre casos similares, privilegiando así los derechos multiculturales sobre otro tipo de derechos que reflejan valores importantes de la cultura política occidental.
Pero esto nos remite a otra serie de problemas que no son fáciles de resolver. ¿Qué actitud deben asumir los gobiernos de Occidente frente a las culturas en las cuales el papel de la mujer, o la forma de educar a los hijos, contradicen los valores de igualdad, respeto y dignidad humana que son tan caros al espíritu político del cual están imbuidas nuestras instituciones? ¿Deben los defensores de derechos humanos admitir, en aras de la tolerancia, que otras culturas vulneren los derechos mínimos de ciertos sectores de la población aún cuando tales sectores acepten esas vulneraciones porque así lo ordena su religión o los principios de su cultura? ¿Es legítimo admitir una guerra como una manera de imponer una cultura que pretenda, precisamente, evitar toda forma de imposición y posibilitar así la igualdad y la libertad?
No voy a ofrecer aquí una respuesta a estas preguntas porque no la tengo. Sin embargo creo que si el ideal de progreso moral de la cultura occidental es, como creo que lo es, el de hacer que nuestras diferencias raciales, sexuales, étnicas, políticas, etc, importen cada vez menos para juzgar el valor de una persona y su derecho a participar en la construcción de comunidad; y si además queremos lograr que tal progreso se dé utilizando el convencimiento y no la imposición, debemos empezar por practicar un tolerantismo militante, es decir, convencer a todos aquellos a quienes sus prejuicios constituyen un motivo de exclusión y de odio contra otras personas de que sus posiciones son realmente absurdas.
Sólo así, quizás sea posible que algún día puedan convivir y dialogar en un mismo espacio un musulmán, una científica psicorrígida y atea fiel al iluminismo y defensora de una única verdad, y un mulato supersticioso que no cape sesión de espiritismo ni ignore agüero alguno y cuya actitud tropical raye en un guapachosismo desbocado.
* Investigador del CEID y Economista de la Universidad Nacional.
Completamente de acuerdo en cuanto a las cuestiones de igualdad y la justicia que sobrepase las fronteras. Sin embargo, debo admitir que es prudente tomar cierta posición respecto a lo que son las leyes que denomina "occidentales" (normatividad de origen Anglosajon) y la pertinencia de aplicar tales formas que van en contradicción con aspectos culturales, como son las "formas" usadas por las comunidades indígenas.Por supuesto, digo que tomar "cierta posición" es dificil, pues choca con muchos conceptos y aspectos relevantes para el desarrollo económico como son las instituciones, entre ellas las relacionadas con el ámbito jurídico.
ResponderEliminarResulta un poco curiosa la forma en que logra asociar el ideal de progreso moral de la cultura occidental y el camino de un tolerantismo militante para alcanzarla; pues si bien, parece un llamado a poner en práctica el valioso valor de la tolerancia, perdido en estos tiempos de guerra, la invitación se confunde en el momento en que se da un juicio a priori hacia los pensamientos diferentes de su ideología:
ResponderEliminar“…debemos empezar por practicar un tolerantismo militante, es decir, convencer a todos aquellos a quienes sus prejuicios constituyen un motivo de exclusión y de odio contra otras personas de que sus posiciones son realmente absurdas.”
Usted nos hace un llamado a la tolerancia, pero juzga de antemano pensamientos diferentes a sus principios, ¿En realidad cree que el convencimiento a los otros, donde ya de entrada son juzgados como equivocados, es el mejor camino para empezar a practicar un tolerantismo militante?
Realmente su comentario, amiga Isabel, es muy agudo y difícil de responder. Sin embargo, para hacer esta polémica mas difícil aún, creo que intentaré justificar porque hay que conservar la palabra "absurdo" al referirme a esas otras posiciones, que no son todas las otras distintas a la mía sino las que defienden una discriminación a otras personas por motivos raciales, políticos, de género, etc. De manera que lo que califico de absurdo son, por ejemplo, las posiciones que abogan por el exterminio de algunos grupos poblacionales (como las neo-nazis), o aquellas que consideran que los negros solo sirven para "trabajos inferiores", o las de quienes dicen que jamás tendrían amigos "indios" o "peruanos", o también aquellas otras que afirman que las mujeres son demasiado "brutas" para participar en política u ocupar cargos directivos. Y creo, y estoy dispuesto a defenderlo, que estas concepciones son verdaderos absurdos morales, pues si bien es posible que partan de una desigualdad de hecho que es verificable, de ahí no se desprende que en el terreno de lo normativo se deba mantener una desigualdad que relega a un tipo de personas a una jerarquía inferior que la del resto de los mortales.
ResponderEliminarDe manera que la principal paradoja del tolerantismo militante es que tiene que ser intolerante con la intolerancia y que esa es la única intolerancia que está dispuesto a justificar. Pero este tipo de intolerancia no es agresiva, no niega la dignidad ni el derecho a participar de quienes defienden opiniones que abogan por la desigualdad de derecho; al contrario, intenta CONVENCERLOS, y no imponerles las ideas, sobre la necesidad de la tolerancia. El tolerantismo militante encara los prejuicios que están tan arraigados en la gente y que impiden exista una sociedad más pacífica y donde a través de la conversación con quienes menos se parecen a nosotros podamos aprender todos de todos.
Me sorprende un poco que mencione las diferencias étnicas al referirse a Colombia. Por su puesto que existen, pero creo que las diferencias políticas son las que merecen más atención. Son los abismos ideológicos entre las guerrillas y las élites gobernantes colombianas lo que en parte explica la prolongación del conflicto armado. Por otro lado, los intereses y necesidades de la mayoría de los colombianos no han coincidido con las políticas llevadas a cabo. Me parece que estas diferencias son las que debemos analizar y tratar de conciliar para superar los problemas del país.
ResponderEliminarLas diferencias políticas son muy importantes, sin embargo creo que el problema con ellas es que se han tratado de reivindicar por vías ilegales (y no lo digo solo por lo que han hecho los grupos armados sino también por las alianzas oscuras que ha hecho el Estado para exterminar a quienes se oponen a la orientación política hegemónica). Las diferencias políticas siempre existirán, no hay que pretender eliminarlas; el problema es que quienes no triunfen a través de la vía democrática crean que es legítimo usar la violencia para lograr sus propósitos, o que quienes han tenido el poder sientan que pueden extinguir una amenaza democrática usando la violencia. Mientras la democracia no le cierre las puertas a ninguna de las opciones que pugnan por el poder usando medios legítimos, las diferencias políticas no tienen porque ser un problema.
ResponderEliminarCreo que lo que alimenta el conflicto hoy en día no son las diferencias ideológicas, es la persistencia de condiciones inicuas que hacen que haya gente dispuesta a irse a la guerra. Creo que si el pacto por el que la sociedad ha decidido regirse se cumpliera (con los derechos que tiene incorporados), la guerra cesaría.
De manera que en la columna me intereso por diferencias más profundas, donde lo étnico es fundamental. Creo que hay una tensión entre admitir un pluralismo muy extenso y las posibilidades de que la sociedad esté cohesionada.
Sin embargo si hay algo común tanto a diferencias étnicas como políticas en Colombia es que ambas son fuentes de discriminación y de odio. A eso es a lo que apunta la propuesta del tolerantismo militante, a lograr que la gente considere cada vez menos irrelevantes las diferencias en estos campos para juzgar el valor de una persona y la posibilidad de convivir y dialogar con ella. Se trata de contribuir a desmontar prejuicios que impiden que la gente conviva tranquilamente. Este tolerantismo debe practicarse a diario, en los buses, los taxis, con la familia, con los amigos y los compañeros de trabajo, etc.