domingo, 11 de abril de 2010

Opinión. Lo público y lo privado I: El incierto equilibrio entre sociedad civil y Estado como agentes del cambio social.

Por Sergio Chaparro Hernández*

La extensión de las esferas de lo público y lo privado han definido, en las distintas épocas, aquellos aspectos de la vida social en los que a los individuos y al Estado les está permitido intervenir legítimamente. Lo público se reconoce como un espacio de encuentro donde todos podemos participar sin que se nos reproche que estamos metiendo las narices donde no debemos. Lo privado en cambio, es aquella instancia que está sustraída a las intervenciones arbitrarias de los otros, un espacio que protegemos con recelo y donde consideramos que es nuestra propia voluntad, y no la de los demás, la que debe llevar la voz cantante.

Así planteadas las cosas, quizás parezca que estas definiciones se distancian del uso cotidiano de estos términos, pues la gente identifica lo público con lo estatal y lo privado con lo que los distintos actores de la sociedad civil realizan sin el concurso del Estado (empresas, ONG´s, organizaciones sociales, etc). Mi propósito es el de resaltar que lo público no debe ser visto como algo ajeno a quienes no somos funcionarios del Estado, o no pretendemos serlo a través de la lucha electoral. Lo público, entendido como aquel espacio intersubjetivo que construimos colectivamente, es patrimonio de todos y por lo tanto todos debemos contribuir a protegerlo, o a transformarlo cuando sea necesario. Y lo privado, entendido no como el lugar donde operan los actores distintos al Estado sino como la esfera que está protegida de las injerencias arbitrarias de los otros, no debe verse como algo del todo independiente de lo que sucede en el ámbito de lo público, ni como un lugar donde el Estado no tenga nada que hacer. Lo privado solo se transforma en sociedad, en coordinación con los otros y quizás, en algunas ocasiones, con la ayuda imprescindible del Estado.

Tal vez sea necesario explicarme mejor con un par de ejemplos.

Hoy en día, algunas de las ciencias sociales se encuentran en una encrucijada común: ¿Qué actor debe ser el principal gestor del progreso: la sociedad civil o el Estado? En la economía, por ejemplo, uno de los dilemas centrales es si se requiere más Estado o más mercado. Sin embargo, esta disyuntiva es falsa. La fortaleza de lo uno no tiene porque implicar la debilidad de lo otro. Un sector privado exitoso requiere de una institucionalidad fuerte capaz de garantizar el cumplimiento de los contratos o de integrar al circuito del mercado a una mayor parte de la población a través de la garantía universal de los derechos sociales básicos, también de la existencia de valores públicos que favorezcan el deseo de cooperar, como la confianza en las instituciones, o mecanismos públicos de resolución de conflictos que impidan que se fracture la cohesión social y se entorpezca así el funcionamiento de los mercados.

Por otro lado desde la ciencia política, o la filosofía de orientación marxista, se ha planteado el tema de cuál es el actor que en últimas debe efectuar la emancipación social. Si bien la existencia del Estado se comprende como una forma de dominación social, esta última solo puede eliminarse por la mediación del mismo Estado (en la forma de dictadura del proletariado). De hecho esto es lo que ha separado a la tradición marxista del anarquismo pues mientras la primera considera que la toma del poder es una condición indispensable para superar la dominación, el segundo opta por la autogestión de la sociedad sin el concurso de elementos externos a ella. De manera que el marxismo asigna un papel central al Estado como agente del cambio social mientras que el anarquismo pone el énfasis en las iniciativas que surgen en el seno mismo de la sociedad, las cuales incluso deben pasar por encima del Estado, propender por su destrucción.

De otra parte, existe también una impotencia generalizada para lograr cambios necesarios en el ámbito de lo privado, sobre todo cuando las capacidades de los agentes afectados para suscitar esas transformaciones son muy limitadas. Pensemos por ejemplo en el tema de la violencia contra las mujeres, la cual muchas veces está validada por el miedo y las visiones machistas de las mismas víctimas: “es que fue mi culpa porque yo le hice dar rabia”. La sociedad se convierte en cómplice de este tipo de situaciones por mantener relegado este fenómeno a un tema propio de cada familia y en el cual los otros no tienen por qué meterse. Volver este un tema público donde a través de la discusión de los prejuicios que justifican estas acciones, y la sanción moral a quienes las realizan, se logre influir sobre el ámbito privado, es una actitud más razonable que el esperar pasivamente a que se dé una solución puramente privada, como por ejemplo la de tener la esperanza que las creencias religiosas lograran transformar el pensamiento del victimario. También representa una actitud más responsable que la de delegarle únicamente al Estado la función de prevenir y castigar este tipo de violencia, y afirmar cómodamente que ese no es asunto nuestro. Algo similar ocurre con el tema de la corrupción o la prevención de los demás delitos, pues al afirmar que la responsabilidad recae únicamente sobre el Estado, la sociedad civil termina volviéndose cómplice por omisión, por no contribuir en lo que puede a evitar estos males.

Sin embargo, debemos ser conscientes que, en ciertos contextos como el nuestro, la sociedad civil carece de la fortaleza necesaria para generar iniciativas amplias que contribuyan al progreso social, o que por lo menos asuman una actitud permanente de vigilancia sobre la acción del Estado. Por esta razón no debe desconocerse que el Estado tiene que tener cierto liderazgo. No obstante, quitarle el monopolio al Estado de la transformación del ámbito de lo público, entendido en el sentido amplio que ya hemos mencionado (y con ello de la posibilidad de transformar indirectamente el espacio de lo privado), puede significar un buen comienzo para acelerar los cambios que la sociedad requiere.

* Investigador del CEID y economista de la Universidad Nacional.

3 comentarios:

  1. De antemano quiero reconocer su afán por trascender en lo que masivamente se ha concebido como público y privado, esa conceptualización que quizá se ha manifestado como un rezago popular, ya sea por la cultura o simplemente por carecer de importancia para los individuos a la hora de interactuar en asuntos que a su racionalidad, quizá, no les compete.

    Por otra parte, quisiera saber ¿Qué mecanismos propondría, desde su mirada, para que en nuestro país se de un acertado equilibrio entre lo que usted denomina sociedad civil y Estado?

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  2. Las formas de cambio social no se pueden realizar sin un liderazgo destacado. Y la historia reciente ha demostrado que éste liderazgo debe venir principalmente del Estado. Empoderar a la sociedad, como lo ha hecho el gobierno de "Lula" en Brasil, con acciones como la creación del Ministerio de Ciudades. Ha permitido que los administradores públicos reconoscan la importancia de la planeación. Además, una institución que permita integrar los trabajos de los municipios, departamentos y nación como ése ministerio es clave en el desarrollo de nuestra sociedad. Por tal motivo, "quitarle el monopolio al Estado de la transformación del ámbito de lo público" va en contravía, ya que es el Estado quien posee los mecanismos y aparatos para administrar la sociedad. Claro, sin desconocer el beneficio que trae la participación de ONG, sociedad civil, academia en la construcción de sociedad. Pero, una participación positiva es consucencia de un liderazgo estatal.

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  3. Quisiera responder a los dos comentarios, los cuales sin embargo creo que se aclararán mejor con la segunda parte de la columna.

    Al de la dama que muy amablemente nos escribe le diría que el equilibrio adecuado debe implicar, en primer lugar, el evitar toda forma de autoritarismo que frene los procesos sociales que se gestan al interior de la sociedad misma y que se encuentran dentro del marco de la legalidad. El Estado no puede evitar que se desarrollen iniciativas espontáneas que sirven para que la misma sociedad autogestione sus formas de garantizarse lo que necesita, un ejemplo es la llamada economía popular. El Estado tampoco debe frenar las iniciativas privadas en lo económico de manera arbitaria. Al contrario, la acción del Estado debe tratar de incorporar y articular las distintas iniciativas con las que la sociedad ha empezado a operar a la hora de ejecutar las políticas públicas. No debe desmontar las organizaciones sociales para poder actuar de acuerdo a sus caprichos sino más bien utilizarlas como un puente entre las demandas de los ciudadanos de base y los burócratas. Pero por otro lado creo que exige que la sociedad civil replantee sus formas tradicionales de propiciar los cambios sociales: no tratar de tutelarlo todo ante el Estado sino de crear mecanismos autónomos para que la sociedad civil se fortalezca.

    Esto me remite al comentario de David, el cual habla del empoderamiento social. En mi opinión, el empoderamiento no es solo una tarea que le corresponda hacer al Estado, ni para la cual se requiera inevitablemente su participación. Los cambios sociales sostenibles suelen venir acompañados de un liderazgo simultáneo tanto del Estado como de la sociedad civil, pero las potencialidades que tiene la sociedad civil pueden despertarse a través de acción de grupos comunitarios, de educadores, de centros de investigación, artistas, ONG´s, etc (a eso me refiero con quitarle al Estado el monopolio de la transformación de lo público, lo cual no implica negarle cualquer tipo de protagonismo). De hecho el enfoque de gobernanza que hoy está en furor destaca que la complementariedad en ambas vías es necesaria: Estado no puede gobernar sin sociedad civil que lo respalde, pero el fortalecimiento de la sociedad civil se ve reforzado con un fortalecimiento del Estado.

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